Esa noche apareció: relato paranormal basado en una historia real
Cuando tenía ocho años, una discusión con mi madre terminó con una advertencia que se quedó atrapada en mi cabeza. Esa misma noche, una mujer apareció junto a las camas de mis hermanas.
Hay momentos en los que la rebeldía te pide desafiarlo todo. No importa la edad. Hay personas que parecen nacer con ella.
Yo era una de esas personas.
No se trataba simplemente de llevar la contraria. Desde muy pequeña desarrollé una especie de obsesión por lo que consideraba justo. Me desesperaba descubrir que los adultos podían mentir, equivocarse y, aun teniendo la evidencia frente a ellos, negarse a admitirlo.
Tenía ocho años cuando empecé a entenderlo.
Con mi madre mantenía una relación difícil, hecha de amor, discusiones y dos temperamentos que parecían destinados a enfrentarse. Cualquier cosa que yo cuestionara podía convertirse en una afrenta y, con el tiempo, me cansé de quedarme callada solo porque ella era la adulta.
No recuerdo exactamente qué provocó aquella discusión.
Me gustaría recordarlo.
Supongo que quería salir a jugar.
Aunque, pensándolo bien, tampoco tenía muchos amigos. Solo recuerdo a Antonella, la hija de la dueña de la casa donde vivíamos en arriendo. Era delgada, de piel canela, cabello liso con reflejos dorados y unos ojos color oliva que todavía puedo imaginar.
Antonella parecía tan solitaria como yo.
Vivíamos en un barrio que nunca sentí mío. Yo casi siempre salía acompañada de mi madre porque apenas conocía niños de mi edad. Había nacido en una ciudad de clima caliente, cerca del Caribe, y podría decir que era una niña costeña bastante particular: melancólica, fantasiosa, misteriosa y, sobre todo, observadora.
Me fascinaba escuchar las conversaciones de los adultos.
Bueno… escuchar conversaciones ajenas.
A esa edad todavía no sabía que a eso también podían llamarlo chismosear.
Aquella tarde, fuera cual fuera el motivo, mi madre me dijo que no.
Y yo decidí enfrentarla.
Tenía esa mala costumbre: cuando sentía que alguien estaba siendo injusto conmigo, sabía exactamente dónde presionar para provocar una reacción.
Y presioné.
Le respondí.
Fui grosera.
Y durante unos segundos me sentí maravillosamente bien.
Hasta que levantó la mano.
La bofetada me cruzó la cara.
Recuerdo el ardor en la mejilla. Pero recuerdo todavía más la rabia.
Una rabia enorme para un cuerpo tan pequeño.
Sentía algo hirviendo dentro de mí. Quería devolverle el dolor. Quería agarrar aquella mano que acababa de golpearme y hacerle entender que ella también podía equivocarse.
Pero entonces mi madre hizo algo mucho más efectivo que volver a pegarme.
Usó el miedo.
Ella sabía perfectamente a qué le tenía miedo.
Desde pequeña, algunos adultos habían descubierto que era muy fácil asustarme con historias de apariciones, espíritus y muertos. Me hablaban de la Llorona, de sombras que caminaban por las casas, de cosas que podían aparecerse durante la noche.
Y yo lo creía todo.
O peor:
mi imaginación completaba lo que ellos dejaban sin explicar.
Por eso mi madre sabía exactamente qué decir.
Después de la bofetada me miró y lanzó aquella frase como si estuviera pronunciando una sentencia:
—¡Esta noche te va a salir el diablo!
Yo la miré con una sonrisa desafiante.
Todavía estaba furiosa.
—¡Pues que me salga! —le grité.
Me di la vuelta y me fui.
Durante unos minutos me sentí victoriosa.
No tenía miedo.
O al menos eso creía.
Porque una vez que la rabia desapareció, la frase permaneció.
Esta noche te va a salir el diablo.
Intenté pensar en otra cosa.
Esta noche te va a salir el diablo.
Me puse a jugar.
Esta noche te va a salir el diablo.
Y cuanto más intentaba expulsar aquellas palabras de mi cabeza, con más fuerza regresaban.
Hasta que finalmente entendí algo:
tenía miedo.
Mucho miedo.
Esa noche no quería quedarme sola en ninguna parte de la casa.
Dormía en una habitación grande con mis hermanas mayores, pero ellas acostumbraban acostarse mucho más tarde que yo. Así que me quedé en la sala, cerca de ellas, siguiéndolas prácticamente de un lugar a otro.
Para mí, aquella noche, la casa había cambiado.
Las paredes parecían tener ojos.
Los rincones parecían esconder algo.
Cualquier ruido podía ser una respiración.
Cualquier sombra podía moverse.
Mi madre se acostó antes que mis hermanas y yo me quedé allí, esperando que ellas decidieran finalmente ir a dormir.
Una se burló de mí.
—María Paula, tú sí eres cobarde.
Lo era.
O quizá había aprendido a serlo.
Durante años escuché esa palabra tantas veces que terminó convirtiéndose en una etiqueta. Los demás sabían que podían asustarme y algunas personas parecían disfrutar haciéndolo.
Finalmente, mis hermanas entraron en la habitación.
Me acosté.
Apagaron la luz.
Y, por primera vez desde la discusión, me sentí segura.
No recuerdo cuánto tardé en quedarme dormida.
Pero recuerdo perfectamente cuando abrí los ojos.
Era de madrugada.
Debían ser un poco más de las dos.
No sé qué me despertó.
No escuché un golpe.
Nadie gritó mi nombre.
Simplemente abrí los ojos con esa sensación extraña de que algo estaba sucediendo en la habitación.
Al principio solo distinguí oscuridad.
Esperé unos segundos hasta que mis ojos comenzaron a acostumbrarse.
Y entonces la vi.
Había una mujer junto a las camas de mis hermanas.
Me quedé inmóvil.
Llevaba una batola larga y sostenía entre las manos una palangana llena de flores.
Las iba repartiendo sobre la cama.
Una por una.
Pero había algo todavía más extraño.
Parecía cantar.
No podía entender las palabras. Era apenas un murmullo, una melodía que yo no reconocía.
Entonces levantó el rostro.
Y me miró.
Recuerdo su sonrisa.
No era una sonrisa amable.
Había algo burlón en ella.
Algo que, para una niña de ocho años aterrorizada por las palabras de su madre, solo podía significar una cosa.
El diablo había venido.
Cerré los ojos.
Los apreté con todas mis fuerzas.
No es verdad.
Volví a abrirlos.
Seguía ahí.
Me froté los ojos con los dedos.
Volví a mirar.
Seguía ahí.
Lo hice otra vez.
Tres veces.
Y aquella mujer no desaparecía.
Hasta hoy puedo recordar la palangana.
Las flores.
La batola.
Su rostro.
Y aquella sonrisa.
Salí corriendo.
Atravesé la casa y entré en la habitación de mi madre. Me metí en su cama y me pegué a ella como si mi vida dependiera de hacerlo.
Mi madre despertó sobresaltada.
—Vi al diablo —le dije.
Esperaba que me abrazara.
Que me dijera que había sido una pesadilla.
Que no existía nada allí.
Pero su respuesta fue otra.
—Eso te pasa por grosera.
Han pasado muchos años desde aquella noche.
Y todavía puedo reconstruirla con una precisión que me incomoda.
Lo único que sé es que, para aquella niña de ocho años, fue absolutamente real.
Y tuvo consecuencias.
Durante mucho tiempo dejé de desafiar a mi madre de aquella manera. Sus palabras habían conseguido algo que la bofetada no pudo conseguir: hacerme creer que enfrentarme a ella podía tener consecuencias incluso cuando se apagaban las luces.
También nació una costumbre que me acompañó durante años.
Cada noche, antes de dormir, le pedía a Dios lo mismo:
que nunca volviera a ver algo así.
Lo pedí de niña.
Lo repetí mientras crecía.
Y alguna vez lo seguí diciendo de adulta.
Han pasado tantos años que ya no sé si aquella oración sigue siendo una súplica o simplemente un hábito.
Pero todavía hay noches en las que recuerdo a aquella mujer.
La palangana entre sus manos.
Las flores sobre la cama.
Su sonrisa en medio de la oscuridad.
Y entonces comprendo algo que a los ocho años no podía entender:
quizá lo más aterrador de aquella noche no fue lo que vi.
Fue que alguien había puesto el miedo en mi cabeza horas antes.
Y mi mente se encargó de darle un rostro.
Comentarios
Publicar un comentario