Alguien movió el ventilador: una experiencia paranormal real

Después de una conversación sobre ánimas benditas, me fui a dormir intentando no pensar demasiado en lo que acababa de escuchar. Horas después, desperté y descubrí que algo dentro de la habitación había cambiado.

Estábamos todos reunidos alrededor de la mesa. Habíamos terminado de cenar y, como suele pasar después de una comida familiar, empezaron a surgir conversaciones de todo tipo.

Eran aproximadamente las ocho de la noche. Hacía muchísimo calor, de ese que se siente incluso dentro de la casa cuando vives en una ciudad costera.

En algún momento, mi cuñado comenzó a hablar de las ánimas benditas.

De hecho, con solo escribir esas palabras se me ponen los pelos de punta.

Siempre he sentido mucho respeto por las creencias relacionadas con lo sobrenatural, quizá porque desde pequeña escuché historias que se quedaron conmigo durante años.

Cuando tenía unos catorce, solía visitar la casa de unas amigas. En la sala tenían un cuadro dedicado a esas ánimas y recuerdo que me producía cierta inquietud cada vez que lo miraba. Un día, una de ellas me contó que su mamá y su abuela les rezaban y les hacían promesas. Según lo que ellas creían, cuando recibían un favor debían cumplir la ofrenda prometida, porque de lo contrario podían manifestarse de una manera terrible.

Yo era adolescente y aquella historia se me quedó grabada.

También recuerdo haber pensado algo muy sencillo:

“Yo me siento cómoda creyendo solamente en Dios.”

Con el tiempo prácticamente olvidé aquella conversación y lo que las ánimas representaban dentro de las creencias de muchas personas.

Hasta esa noche.

En cuanto mi cuñado las mencionó, recordé la sala de mis amigas, el cuadro y aquella advertencia que había escuchado tantos años atrás.

Yo ya quería levantarme de la mesa porque el calor era insoportable, pero la conversación se fue poniendo cada vez más interesante. Tengo un problema con estos temas: me asustan, pero al mismo tiempo me generan una curiosidad difícil de controlar.

Sé perfectamente que después voy a pagar las consecuencias cuando llegue la hora de dormir y cualquier ruido me haga abrir los ojos.

Aun así, me quedo escuchando.

Mi cuñado continuó hablando de las ánimas. Yo incluso llegué a decir que prefería que no siguiéramos con ese tema, pero una historia llevó a otra y terminamos hablando durante bastante tiempo.

Cuando finalmente nos despedimos para ir a dormir, ya tenía todas aquellas historias dando vueltas en mi cabeza.

Yo estaba pasando unos días de vacaciones en casa de mi hermana y dormía en la habitación de mi sobrino.

Frente a la cama había un crucifijo colgado en la pared.

Sé que para muchas personas un crucifijo representa protección, tranquilidad y fe. Para mí también tiene un significado religioso, pero aquella noche, después de todo lo que acabábamos de hablar, verlo justo frente a la cama no me producía precisamente tranquilidad.

Parecía estar mirándome.

Yo estoy acostumbrada a dormir en habitaciones con las paredes prácticamente vacías, así que tener aquella figura frente a mí, en medio de la oscuridad, empezó a inquietarme más de la cuenta.

“Santa cachucha, mejor cierro los ojos y me duermo.”

Antes de acostarme acomodé el ventilador.

Esto es importante.

Era un ventilador de mesa bastante robusto, con una base pesada. Lo puse de manera que el aire me diera directamente en la cara. Aunque sé que dormir con el viento encima no es precisamente lo más recomendable, cuando estoy en tierra caliente necesito sentir aire fresco para poder conciliar el sueño.

La base quedó firme en su lugar y el ventilador apuntando directamente hacia mí.

Me acosté, pero las conversaciones de la cena todavía seguían rondando por mi cabeza.

Cuando algo me deja inquieta suelo recurrir al celular para distraerme. Abro TikTok, bajo casi por completo el brillo de la pantalla, activo la luz nocturna y empiezo a pasar videos hasta que me da sueño.

Sé que siempre dicen que mirar una pantalla antes de dormir produce insomnio.

A mí me pasa lo contrario.

A los pocos minutos ya estaba dormida.

No sé cuánto tiempo pasó.

Lo que me despertó fue el calor.

Sentí el cuerpo húmedo y varias gotas de sudor recorriéndome la piel. Cuando te acostumbras a dormir con un ventilador apuntándote directamente, notas enseguida cuando el aire deja de llegarte.

Abrí los ojos.

Lo primero que vi fue el crucifijo frente a la cama.

Pero inmediatamente me di cuenta de que algo estaba mal.

No sentía el ventilador.

Miré hacia donde lo había dejado.

Seguía encendido.

Las aspas continuaban funcionando.

Pero ya no apuntaba hacia mí.

El ventilador entero estaba girado hacia la puerta.

Me incorporé de inmediato.

No estoy hablando únicamente de la parte superior que puede oscilar de un lado a otro. La base pesada, la misma que yo había dejado fija antes de acostarme, había cambiado completamente de posición.

Ahora el ventilador estaba dirigido hacia la puerta de la habitación.

Sentí miedo.

Me levanté y volví a colocarlo frente a la cama.

Y entonces regresó a mi cabeza la conversación de la cena.

Las ánimas.

Aquella historia que había escuchado cuando tenía catorce años.

Las advertencias de mis amigas.

Todo volvió de golpe.

Intenté encontrar una explicación.

¿Quién había movido el ventilador mientras yo dormía?

¿Cómo podía haberse girado de esa manera?

La vibración no era suficiente para desplazar una base tan pesada y, además, no se había movido unos cuantos centímetros. Había quedado orientado hacia otro lugar.

Ya no pude dormir tranquila.

Me quedé durante horas en duermevela, pendiente de cualquier ruido. Volví a coger el celular para distraerme y terminé acostada en posición fetal, con los pies completamente cubiertos por la sábana, porque en ese momento no estaba dispuesta a dejar ni un dedo por fuera.

Puede sonar absurdo.

Pero cuando tienes miedo, esas cosas importan.

Cada cierto tiempo miraba el ventilador para comprobar que continuara en la misma posición.

Y después miraba el crucifijo.

Aquella noche parecía no terminar nunca.

Cuando finalmente conseguí volver a dormirme, ya estaba amaneciendo. Serían cerca de las seis de la mañana.

Han pasado años y sigo sin saber qué ocurrió en esa habitación.

No sé quién movió el ventilador.

No sé si tuvo alguna relación con la conversación que habíamos tenido durante la cena ni puedo asegurar que fueran aquellas ánimas de las que tanto hablamos.

Pero hay algo que sí tengo claro.

Yo dejé ese ventilador apuntando directamente hacia mi cama.

Cuando desperté, seguía encendido, pero alguien —o algo— había girado completamente su base hacia la puerta.

Y esa noche no había nadie más durmiendo conmigo en la habitación.

Nunca descubrí qué lo movió.

Solo sé que, desde entonces, procuro no hablar de ciertas cosas antes de irme a dormir.

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