El aburrimiento: cuando no hacer nada también es necesario
Hay días en los que la falta de ganas parece aburrimiento, hasta que el silencio nos revela que quizá el cuerpo y el espíritu solo necesitan descansar.
Me desperté y, esta vez, en lugar de agradecer, sentí un vacío. La pregunta que se había instalado durante la noche seguía allí: ¿qué voy a hacer con mi vida?
No sé cómo he podido vivir tanto tiempo bajo esa presión, alojada dentro de mí como un huésped cargado de incertidumbre. A veces también pienso en lo que habrá más allá de la muerte. ¿Quién ha cruzado realmente ese umbral y ha podido registrar lo que sucede después?
La imposibilidad de obtener una respuesta aumenta mi inquietud. Me asusta la nada, la idea de dejar de existir. Pienso que debe de ser algo peor que el aburrimiento: una especie de decadencia de la vida, acompañada por un alma rota.
¿Adónde iremos? Mi fe subsiste, aunque a veces apenas consiga sostenerla. Quizá porque existo y necesito creer que hay algo más. Sin embargo, en ese momento no quería comprender lo que sentía mediante ideas, sino observar la manera en que el alma se expresaba a través de mi cuerpo y de mi mente.
Mis ojos estaban apagados, semejantes a la llama débil de una vela a punto de extinguirse. Los párpados me pesaban y no tenían ganas de abrirse. Mantenía la boca cerrada, la lengua apoyada contra el paladar y la mandíbula relajada. Mi cuerpo permanecía pesado, sin voluntad de movimiento. La respiración era casi imperceptible, pero estable; los hombros habían caído, las piernas descansaban inmóviles sobre la cama y mi mirada se perdía en un punto que parecía no pertenecer a este mundo material.
¿Qué podía esperar? Tal vez que un milagro me despertara con su aliento o que mi alma se levantara de repente y me dijera que ya era suficiente, que había llegado el momento de actuar y dejar de procrastinar.
Entonces recurrí a explicaciones más concretas. Pensé que podía tener anemia, algún desbalance hormonal o el colesterol alterado. Quizá un examen de sangre encontraría una causa y la ciencia conseguiría explicar mi estado.
Mientras imaginaba todas esas posibilidades, continuaba tendida sobre la cama, con las piernas separadas y los brazos a los costados. Tampoco deseaba escuchar nada. Los sonidos parecían lejanos, casi imperceptibles. No quería música, conversaciones ni ningún ruido que pudiera alterar aquel estado.
Fue entonces cuando advertí que, sin proponérmelo, había adoptado la postura de savasana. Permanecía allí sin hacer nada, únicamente siendo y habitando el momento.
Comprendí que no estaba enferma ni verdaderamente aburrida. Lo que había interpretado como apatía era un estado de contemplación. Hay días en los que una necesita concederse permiso para detenerse, sin sentirse culpable ni buscar una explicación inmediata. La quietud también tiene valor; incluso la nada, cuando se acepta, puede convertirse en un espacio necesario.
Permanecí así durante varias horas, permitiéndole a mi espíritu descansar mientras yo seguía despierta. Entendí que él también se cansa y que, cuando sucede, encuentra maneras silenciosas de manifestarlo.
Ahora lo comprendo.
Lo que siento es paz.

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