Soñé con el amor de mi vida y apareció en el bus

Una joven reconoce en un bus al hombre que había visto en sus sueños

Después de soñar dos veces con un desconocido, una joven cree que su alma lo reconoce de otra vida. Días después, él se sienta a su lado en un bus.

Tengo veinticuatro años y llevo una vida bastante solitaria. Todavía vivo con mis padres, pero tengo responsabilidades: trabajo de día, estudio artes escénicas de noche y, cuando llega el fin de mes, pago todo lo que me corresponde.

Anoche conocí al amor de mi vida. El problema es que, cuando abrí los ojos, no sabía su nombre ni tenía forma de encontrarlo.

Todo ocurrió en un sueño, pero se sintió distinto a cualquier otro. Una cosa es idealizar a un hombre a través de los actores de las películas y otra muy diferente encontrarse con un completo desconocido, sentir que su mirada es familiar y descubrir, sin saber por qué, que a su lado estás a salvo.

Yo estaba sentada en un bus cuando levanté la mirada y lo vi. Permanecía de pie, observándome. Podría describir cada rasgo de su rostro: tenía las cejas casi unidas, los ojos ligeramente almendrados y de un café tan claro que, incluso desde mi asiento, alcanzaba a distinguir sus vetas. Sus pestañas eran largas y curvadas, su nariz recta y sus labios finos.

También era muy alto. Debía de medir cerca de un metro ochenta y siete porque no conseguía mantenerse erguido; el techo del bus lo obligaba a inclinar la cabeza. Llevaba una sudadera negra con la capucha puesta.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí algo profundo e inmediato. No era la emoción de estar frente a un hombre atractivo, sino la impresión desconcertante de reconocerlo. Era la primera vez que veía su rostro y, sin embargo, sentía que ya lo había esperado durante años.

Fue más que amor a primera vista: fue un para siempre en un parpadeo.

Su manera de mirarme me intimidaba, pero no quería que apartara los ojos. Deseé que la persona sentada a mi lado se bajara pronto para que él ocupara su lugar. No ocurrió. Permaneció de pie y yo seguí observándolo, consciente de que estaba soñando y aterrada ante la posibilidad de despertar.

Después de unos segundos, que dentro del sueño parecieron minutos, el bus llegó a mi parada. Bajé y descubrí que era de noche. Él también descendió.

Me encontraba a punto de cruzar la calle cuando sentí su mano alrededor de la mía.

No me preguntó adónde iba ni me pidió permiso. Simplemente me sostuvo y cruzamos juntos. Un hormigueo me recorrió el abdomen y el corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que apenas podía respirar. Desde tan cerca pude contemplar mejor su rostro. Ninguno de los dos pronunció una palabra. No hacía falta. En su mirada había una intimidad inexplicable, la certeza de que aquel encuentro no era el comienzo de algo, sino un regreso.

Entonces desperté.

Cerré los ojos de inmediato e intenté recuperar el sueño. Quería buscarlo, volver al bus y preguntarle al menos cómo se llamaba. Me esforcé por reconstruir cada rasgo para que su rostro no se desvaneciera, pero ya no pude regresar.

La frustración con la que desperté no tenía nombre. Había encontrado al amor de mi vida en un sueño y ahora no sabía si volvería a verlo. Lo ocurrido se había sentido demasiado real para descartarlo como una simple fantasía. Tal vez había sido una premonición.

Pasé el día suspirando en medio de la rutina, distraída por la tristeza de haberlo perdido. Como estudio artes escénicas y tengo cierta facilidad para observar los detalles, decidí dibujarlo. Recreé el encuentro como un storyboard: el interior del bus, su cuerpo inclinado bajo el techo, el momento en que nuestras miradas se encontraron y su mano sosteniendo la mía al cruzar la calle.

Los dibujos se convirtieron en mi amuleto. Los guardé con cuidado y continué con mi día.

Esa misma noche, después del trabajo, tomé el bus hacia la universidad. Por primera vez observé con atención a todos los hombres que llevaban una sudadera negra. Estaba convencida de que un breve cruce de miradas bastaría para reconocerlo.

Uno de ellos permanecía de espaldas, cerca de la entrada. Tenía la misma estatura y llevaba la capucha puesta. Yo estaba sentada exactamente en la misma posición del sueño y él se encontraba de pie, a pocos metros de mí. El corazón se me aceleró. Necesitaba verle la cara.

Lo observé con tanta insistencia que llegué a desear que mi mente pudiera obligarlo a girarse. Un instante después, como si hubiera recibido mi llamado, volvió la cabeza.

Contuve la respiración.

No era él.

La emoción se desplomó y dejó en su lugar una sensación de vacío. Bajé del bus y continué el trayecto hacia la estación del tren. Había tanta gente que apenas se podía caminar, pero yo seguía buscando una sudadera negra entre la multitud.

Entonces vi a otro hombre.

Caminaba varios metros delante de mí. Su estatura coincidía y tenía la espalda ancha y las piernas largas. Aceleré el paso para alcanzarlo. No podía verle el rostro, pero algo dentro de mí insistía en que era él.

Estaba a punto de ponerme a su lado cuando el tren abrió sus puertas y una oleada de pasajeros avanzó sobre el andén. Durante unos segundos perdí de vista la sudadera negra. Traté de seguirla entre las cabezas y los cuerpos, pero el desconocido desapareció.

No pude comprobar si era el hombre de mi sueño. Aun así, durante todo el camino tuve la sensación de que había estado a punto de encontrarlo.

Esa noche estaba tan cansada que solo quería dormir profundamente y olvidarme de aquella historia. Pero él volvió.

Esta vez nos encontrábamos en un parque, frente a frente. Él me hablaba mientras se acercaba, aunque su voz parecía llegar desde un lugar muy lejano. Me esforzaba por comprenderlo, pero no lograba distinguir una sola palabra. Ni siquiera podía leer sus labios. No sabía si hablaba otro idioma o si el propio sueño estaba impidiéndome escucharlo.

Me desesperé tanto intentando entender el mensaje que olvidé disfrutar de su presencia.

Cuando desperté, no recordaba lo que había dicho, pero conseguí rescatar dos detalles nuevos: tenía un pequeño lunar sobre la nariz y el cabello color miel le caía sobre la frente, cubriéndole parte de una ceja.

Aquello me pareció una señal.

Comencé a investigar el significado de esos sueños y terminé recurriendo a Freud y a La interpretación de los sueños. Lo que encontré fue desalentador: el sueño podía ser la realización disfrazada de un deseo inconsciente. Mi necesidad de conocer a alguien continuaba activa a pesar del trabajo, la universidad y el agotamiento de todos los días. Mi mente solo le había dado un rostro al amor que me hacía falta.

Decidí arrojar a la basura aquella explicación.

Ese hombre era real. No lo había inventado mi subconsciente. Estaba segura de que algún día lo encontraría y podría reconocerlo.

Tal vez lo que había experimentado era una forma de anamnesis: no un primer encuentro, sino el recuerdo de alguien a quien mi alma ya conocía. La sensación inmediata de reconocimiento solo podía significar que lo había amado en otra vida. Mi mente podía olvidar un nombre, una época o una historia, pero mi alma no olvidaría su rostro.

Me aferré a esa teoría. Desde entonces me acompañaba una ansiedad extraña, nacida de la certeza de que él existía y también estaba buscándome.

Al día siguiente no intenté encontrarlo. Estaba agotada entre el trabajo, las clases y las entregas previas a los parciales. Salí de la universidad a las diez y media de la noche, un poco más tarde de lo habitual, porque mi grupo debía terminar un trabajo.

El bus tenía varios asientos disponibles. Me acomodé en el lugar donde solía sentarme y dejé libre el puesto de al lado. Los demás pasajeros parecían tan cansados como yo: trabajadores y estudiantes con audífonos, cabezas recostadas contra las ventanas y los ojos cerrados, intentando aprovechar unos minutos de sueño antes de llegar a sus destinos.

Apoyé la cabeza contra el cristal y mantuve la mirada perdida. En la siguiente parada subieron tres personas. Una de ellas se sentó a mi lado.

Yo debía de tener el rostro más demacrado del mundo. En el reflejo de la ventana vi mi cabello enredado y mis labios resecos. Los humedecí con el último sorbo de agua que quedaba en la botella. Para completar mi aspecto, el saco se me había roto durante el ensayo de una obra y ahora tenía un agujero cerca de la cintura.

No me importaba. Solo quería llegar a casa y dormir. Mañana sería otro día y todo lo ocurrido acabaría borrándose como una memoria que se reescribe cuando llega a su límite.

Levanté los ojos hacia el vidrio que separaba al conductor de los pasajeros. En ese reflejo podía observar con mayor claridad mi apariencia. No tuve ganas ni siquiera de enderezarme. Me quedé contemplándome con algo parecido a la compasión hasta que advertí que el hombre sentado a mi lado me estaba mirando.

«Qué sapo», pensé.

Volví los ojos hacia el cristal. Su rostro aparecía reflejado al lado del mío.

Algo en mi interior se detuvo.

Agudicé la mirada. El corazón comenzó a golpearme el pecho, las manos se me helaron y sentí que todo el ruido del bus desaparecía a mi alrededor. Sobre su nariz había un pequeño lunar. Su cabello color miel le caía sobre la frente y cubría parte de una ceja.

Era él.

Esta vez no me conformé con observar su reflejo. Giré lentamente y lo miré directamente a los ojos.

Él ya me estaba mirando.

En su rostro apareció la misma sorpresa que debía de haber en el mío. Reconocí aquellos ojos, la inclinación de su cabeza y esa expresión imposible de confundir. Era la misma mirada que había encontrado en mis sueños.

Entonces entreabrí los labios y, antes de que pudiera preguntarle quién era, solo pude decir:

—Por fin.

Continuará…

Sobre este relato Relato de ficción escrito por Mafe Gamero. Esta es la primera parte de una historia sobre sueños, reconocimiento y un encuentro que parece haber comenzado mucho antes.

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