¿Puede el alma de un perro renacer en un bebé? Una historia sobre Nino y el amor
¿Puede el alma de un perro renacer en un ser humano?
Una reflexión íntima sobre el amor por un perro anciano, el miedo a perderlo y esa necesidad humana de creer que quienes amamos pueden encontrar otra forma de permanecer.
Hay ideas que parecen absurdas hasta que el corazón encuentra una manera de hacerlas posibles.
Hay ideas que son tan absurdas que, cuando las cuestionas, no entiendes qué clase de misterio hay en ellas para que aparezcan en el pensamiento y siembren la duda primero en el cerebro y la certeza en el corazón.
Mi perro anciano ya tiene quince años y cinco meses. Si lo ves, tiene una pata aferrada a esta vida y la otra anclada en el más allá, que, cuando lo cuestiono, me suena a un lugar inhóspito, frío, con la ambivalencia del todo y la nada.
Entonces me pregunto: ¿qué pasa con el alma de los perros? ¿Adónde va? ¿Es posible que renazca en una persona?
Y fue así como se me atravesó esta idea loca, absurda, tan ocurrente como el mismo Acuario, el signo del zodiaco más místico que existe.
Mi amiga de la infancia está embarazada. Lleva casi cuatro meses. Entonces me quedo mirando a mi perro y me cuestiono, como si de verdad pudiese encontrar una respuesta dentro de mí: ¿es posible…? ¿Es posible que te estés gestando en la barriga de mi mejor amiga ? ¿Es posible que nazcas en un par de meses? ¿Es posible eso, Nino?, le pregunto.
Él, con su mirada atenta nada más que a la comida, no tiene la respuesta, porque solo le importa comer. Así que voy y le muestro un pedazo de pechuga en la mano.
—Si me das la respuesta, te doy el pollito.
Él vacila y abre la boca, mordiendo el aire. Está tan afanado por comerse el pollo que ni siquiera me va a dar una respuesta. No sé cuál ansiedad es más cruel y hambrienta, si la de él o la mía.
Y, al parecer, ganó la suya. Le di el pollo y no tuve respuesta.
Pero me cala ese pensamiento: ¿es posible que el alma de un perro pueda trascender y renacer en un humano?
Ahora que lo pienso, el contraste puede resultar ofensivo. Esto que pienso no lo sabe ella. Imagino lo que pensaría:
«¿Cómo se te ocurre pensar que lo que llevo dentro de mi vientre es el alma de un perro?».
Y sí, le doy la razón. Pero resulta que no es cualquier perro. Y todo humano debería tener el alma de un perro. ¿Sabes que los perros son tan leales, tan generosos, tan bondadosos, tan cercanos a todo lo que podría ser un ente angelical? Pensándolo bien, yo no me ofendería; al contrario.
El caso es que esto es apenas una hipótesis. Siempre he pensado que a la muerte le sucede un nacimiento, y como yo no tengo descendencia ni pienso tenerla, y la única persona cercana a mí que está embarazada es una amiga que es como una hermana, creo que puede ser un milagro.
Quiero dejar constancia de esto. Puedo saborear la victoria de que el mismo día en que muera mi perro nazca el bebé de ella.
Perdónenme todo, pero es que tengo un pensamiento mágico. Soy propensa a soñar despierta, vivo en la enajenación, en el excentricismo, y todo esto me lo provoca el amor que siento hacia mi perro, el saber que quizá dentro de poco morirá y no sabré adónde irá.
Es mi consuelo.
Cuando el amor busca una forma de continuar
A veces, frente a la posibilidad de perder a alguien que amamos, la mente construye preguntas para las que no existe una respuesta comprobable. Quizá algunas de esas preguntas no buscan realmente una respuesta, sino una forma de hacer más llevadera la despedida.
Comentarios
Publicar un comentario